DECEPCIONADOS
Todos de alguna manera, consciente o inconscientemente, quisiéramos que Dios actúe conforme a
nuestros deseos y pedidos. Si lo hiciera dejaría de ser Dios para ser nuestro
empleado!
Quisiéramos que Dios fuese una suerte de “genio de la
lámpara” que basta con frotarla para que el genio aparezca y nos cumpla los
deseos.
Pero la realidad es que Dios es soberano y el hace las cosas
como quiere, y créame que aunque muchas veces no lo comprendemos, su voluntad
es buena agradable y perfecta, aun cuando sentimos que lo que él hace o permite
no tiene sentido.
Ahora bien…
-Qué piensas de Jesús cuando él no suple tus expectativas?
-Como reaccionas cuando él no hace lo que tu esperas que
haga?
-Como resuelves lo que siente tu corazón cuando Dios no obra
como tú quieres?
-Como reaccionas cuando Dios permite una injusticia o que tu
enemigo salga aparentemente ganador?
Sigues creyendo que él es Dios?, Sigues confiando en que sus
planes son perfectos?, Sigues manteniendo tu fe inconmovible en él?
Este dilema fue el que tuvieron que resolver los habitantes
de Jerusalén, en cuestión de 5 días. Un domingo lo recibieron triunfante en la
puerta dorada de la ciudad con palmas, mantos y ramas de olivo. Lo exaltaron, lo proclamaron como el rey que
venía a salvarlos, pero a los 5 días estos mismos, decepcionados al ver que su
rey se entregaba manso como un cordero para ir a la cruz, cambiaron de opinión
y gritaron “crucifíquenlo”, otros simplemente se alejaron indiferentes. Su decepción
estaba fundamentada en que ese Jesús a quien le vieron hacer milagros y
resucitar a Lázaro, no estaba cumpliéndoles su deseo mayor de ser libres de la
opresión romana. Aquellos que el domingo cantaban Hosanna el viernes dijeron
con furia, crucifíquenlo!
¿Si Jesús no me cumple, deja de ser mi Señor?, ¿si las cosas
no salen como yo esperaba me distancio de él?, ¿si mis oraciones y deseos no me
son cumplidos me vuelvo a la vida y pensamiento de antes?. Esta es la manera en
que piensan y actúan muchas personas hoy en día, al igual que aquellos habitantes
de Jerusalén. Los tiempos han cambiado pero el corazón del hombre sigue siendo
el mismo. Anhelamos un Dios a nuestra medida y antojo.
Aquel domingo la gente le aclamaba por la expectativa de los
triunfos terrenales que Jesús podía provocar y no por la misión superior de
salvar a la humanidad toda de sus pecados
librándolas de la condenación eterna. Lamentablemente muchos de los que
invocan el nombre de Jesús caen en el mismo error, aman a Jesús por las
bendiciones terrenales y no por las eternas.
Él puede hacer por ti más de lo que
imaginas. Las cosas terrenales son pasajeras pero la salvación de tu alma es
eterna.

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